Saturday, March 2, 2013

Aquí estamos...

... vivitos y coleando.



Más que texto, os dejo unas fotitos:



Finlandia, diciembre 2012, 31 bajo cero.

 Esa temperatura me dio una excusa maravillosa para probarle un gorro a Faro. Bendita paciencia tiene...

Sin embargo, no pude evitar que se acumularan cachos de hielo en las paticas. Pobrete. 

 A mí se me helaba la braga, la capucha, la perilla, el móvil... 

 Suecia, enero 2013. En días así dan ganas de comerse el mundo.

 Suecia, febrero 2013. Mucha nieve acumulada en los árboles, muchos días nublado. 

Sunday, November 25, 2012

Sol y sombra


Las temperaturas de los últimos días son más cálidas de lo esperado. Nos movemos más bien entre los 5 en positivo que los 5 en negativo. Eso no ha impedido que hayan caído cuatro copos mal contados y que el campo haya sufrido las primeras heladas.

Hace unos días lucía un sol maravilloso a la hora de desayunar. Abrí la puerta para que el canijo pudiera estirar las patas y me quedé fuera, disfrutando. En pijama, espabilándome con el fresquito, ojillos entornados cegado por la suave contundencia de los rayos del sol nórdico.

Al mirar hacia el suelo para seguir las peripecias de Faro -olisqueando, buscando enemigos imaginarios, regando el jardín- vi que el cesped que quedaba a la sombra estaba crujiente de escarcha. La frontera entre la parte donde daba la luz y la parte donde no era meridiana. Siempre me hace gracia cuando veo ese efecto, me parece la manera más simple de comprobar la diferencia de temperaturas entre estar al sol y estar  a la sombra.

Entonces vi que la barandilla de madera me brindaba una oportunidad de compartirlo con vosotros. Algo tan tonto pero me hizo gracia:




Según pasan las horas y el sol va moviéndose, la escarcha irá desapareciendo. Además, la madera alrededor también acaba calentándose acelerando el proceso. Joé, esto parece Barrio Sésamo. 


Lo que son las cosas, en verano las ganas con las que cojo la sombra cuando salgo con Faro a pasear: para evitar sudar, ir más fresquito y que él no se agobie. Seis meses después, misma ruta, mismos actores, e ir buscando el sol para sentir su energía, tener los pies calentitos y, sobre todo, evitar patinazos.

Algún día haré el experimento en agosto en Alicante: cuánto tiempo se necesita para freír un huevo sobre el asfalto al sol, y cuánto para hacerlo a la sombra...

Wednesday, November 21, 2012

Haciendo amigos

Ya no sólo nos paran viandantes para saludar a Faro, han surjido nuevos admiradores:


Nada de "choca esos cinco" porque puede acabar mal...


Qué buena vista tienes, ¿no?



La cantidad de estos que he visto en primavera/verano, qué barbaridad. Lástima que a muchos de ellos los viera poco después de que les pasará por encima un coche. Ver sapos ya creciditos metamorfoseados en elementos de dos dimensiones con sus tripitas y sus historias repartidas alrededor no abre el apetito, la verdad. 

Por eso no me opuse a que en esta ocasión el canijo hiciera un nuevo amigo. Espero que realmente hagan buenas migas y se protejan mutuamente. 

Eso sí: ni besitos, ni princesas, ni leches. Nada más faltaba eso: que Faro le dé un lametón y el sapito se transforme en una dulce hembra de cocker spaniel color canela. Iban a faltar rombos para tapar aquello... 

Thursday, November 15, 2012

El Perro raro


Íbamos Catta, el canijo y un servidor corriendo a la caída de la noche -o sea, a las tres de la tarde- cuando, a lo lejos, vimos los faros de un coche que se acercaba.

Como somos gente sensata, siempre que oscurece salimos ataviados de chalequitos reflectantes que pese a darnos una vergüenza que te rilas son tremendamente útiles para evitar terminar en un prado cercano con la columna en forma de zeta. Y, en un alarde de seguridad vial que tiene pasmado a mi ángel de la guardia, yo además llevo una linterna de bolsillo, pequeña pero potente, y la enciendo cuando algún vehículo se nos acerca.
Por lo tanto, si alguien, motorizado o no, pretende pasar por mi lado, ya sea viniendo por proa o por popa, verá a lo lejos mi chaleco moverse con la suave cadencia de mis zancadas -joé cómo estoy hoy. Quizá vea otro chaleco asomar por detras con una cadencia incluso más suave y elegante -faltaría más. Y, si tocaba expedición familiar, incluso apercibirá un tercer reflectante, pequeño y saltarín, a la altura del suelo, desplazándose con la impredecible cadencia de un epiléptico la fiesta de Navidad de Fogonazos Martínez S. A.
Al recortarse tanta franja brillante en lontanza ante sus faros, es posible que el conductor reduzca la velocidad para evitar sustos. Lo haga o no, cuando se encuentre a cien metros verá que se enciende una linterna. Un foco de luz que dirigido al suelo, apuntando delante del misterioso viandante y sus tropas de asalto.
Si pese a todo el piloto en cuestión no baja de marcha, es muy probable que la linterna se dirija brevemente y de manera intermitente a su maldita cara de cenutrio mientras el viandante, cuyo rostro ya será visible, mascullará en voz más o menos baja -dependerá de cuánto lleve corriendo- palabras cuyo origen no parezcan, a juzgar por la vocalización, de origen germánico. Más bien latino. Latín vulgar. Muy vulgar.

Explicada esta técnica de supervivencia rural contra vehículos motorizados y conductores creciditos, prosigo con el relato. Por el momento solamente he logrado contaros que íbamos corriendo, que se hacía de noche y que venía un coche. O sea, mal vamos.

Al ver los faros, Catta y yo decidimos bajar el ritmo -teníamos pensado dar la vuelta- mientras Faro, como siempre, seguía a su bola estirando de la correa como si dieran puntos por desnucarse. El coche se acercaba así que me puse el primero y encendí la linterna. Entonces, por un breve segundo, justo en el momento en que el conductor nos pasaba, vi un breve resplandor en el campo de enfrente.
Bueno, ni caso. Si hubiera un perro a treinta metros, Faro lo habría olido. Seguimos.

- ¿Doscientos metros y damos la vuelta?
- Vale.
Trantrán trantrán...
- Oye, a todo esto, ¿has visto el brillo en el prado cuando nos ha pasado el coche?
- ¿Tú también lo has visto? Pensaba haberlo imaginado.
- A la vuelta le echamos un vistazo, no sea un perro que está perdido.

Zancada arriba, zancada abajo, media vuelta, paramos para que nuestro torpedo naranja marca ACME eche una meada. Dos minutos después estamos de vuelta donde nos pasó el coche. Vuelvo a encender la linterna, le hago un barrido al prado: bingo. Un destello.

Hay un perro quieto en mitad de la hierba. Hierba bastante alta, mojada, pero no hay alambradas ni obstáculos. Al perrín no se le distingue bien pero no parece estar ni sentado, ni tumbado. Está quieto, a ver qué pasa.
Por suerte, Faro no se ha enterado de nada -menudo un ranger de caza- así que le propongo a Catta que ella se lo lleve un poco más adelante mientras yo me acerco al perrico de la pradera. Quiero ver qué hace allí solito, si está perdido, abandonado, de buen humor o un pelín cabreado.

Normalmente, un perro solo con un reflectante en esta época del año significa una cosa: un perro de caza que se ha tomado tan a pecho su trabajo que ha despistado a sus dueños. Pese al GPS, pueden tardar un buen rato en dar con él. En principio no tiene porque ser agresivo pero tampoco lo más sociable del mundo. Nunca se sabe.

Llevo la linterna encendida pero no le apunto directamente. Camino describiendo un arco que, poco a poco, nos deja más cerca el uno del otro. Cada pocos pasos arrimo el haz de luz lo suficientemente cerca como para verificar que sigue donde estaba pero sin deslumbrarle.
El perro no hace ni un ruido, no se mueve. Cuando estoy a unos quince metros me paro. Me pongo de cuclillas. Lo llamó una vez. Ven guapo, ven. Veo que duda. Es una raza rara. Sin apuntar directamente, distingo su silueta. ¿Un gran danés? Le falta cuerpo. ¿Un galgo?, le sobra altura. Además, qué hace un galgo en un prado en Knutby solito. Me pica la curiosidad, decido apuntarle un poco más de lleno y salir de dudas. Y salgo de dudas, vaya si salgo de dudas.

Como animado por verse deslumbrado -vaya Ud. a saber, es un perro raro- se me acerca cuando lo vuelvo a llamar. Le acaricio la cabeza. Le hago un par de fotos mal tiradas. Lo vuelvo a acariciar. Me quedaría toda la noche mirándolo pero Catta me espera y es muy probable que a estas alturas Faro sepa que hay tomate y esté que se sube por las paredes. O las cunetas. O lo que pille a mano.

Así que me doy la vuelta y me marcho, caminando suavemente para no espantarlo. Es, sin duda, uno de los perros más guapos que he visto en mi vida.

 Carajo qué perro más feo. 


 ¡¡¡Qué "perro" más guapooooooo!!!

Ya sabía que algún día, este texto sería útil.