Wednesday, November 9, 2011

La ilusión de ir a Correos

Cuando era Erasmus la oficina de correos me quedaba muy cerquita de casa. Cinco minutos a pie. Era muy práctico porque mi madre, temerosa de que yo me hubiera quedado sin dinero - o me lo gastara en licores prohibidos - me mandaba regularmente paquetitos con víveres de alta nesesidad e imposibles de encontrar en Helsinki. O quizá sí se puedan encontrar pero yo no habría podido pagar el precio. Tened en cuenta que esa fue la época durante la cual me pasé un mes comiendo pasta con ketchup - y un huevo los fines de semana, derrochando. Normalmente en sus envíos había filipinos rojos - no sé por qué rayos no los venden aquí, que alguien me lo explique - , lacasitos, colacao y, si cuadraba con alguna escapada reciente a León, un chorizo, una cecina. En fin, os hacéis cargo. Que me ponía las botas. Como Navidad, pero más a menudo.

Luego nos cambiaron la oficina. La pusieron más lejos. Sin embargo, tuve suerte ya que por aquel entonces me mudé con Catta y, curiosamente, nos fuimos a vivir muy cerquita de ese nuevo punto de recogida de sorpresas postales. Qué casualidad, jate tú. 
Nos quedamos sólo un año pero tuve la suerte de volver a casa con un paquete bajo el brazo varias veces. Pasaba menos a menudo que cuando era Erasmus, obvio, pero es que los viejos trucos ya no funcionaban. Me explico:

Septiembre 2006, recién llegado a Finlandia:
- Mamá? Me oyes?
- Ay! Sí! Qué tal en Finlandia??? Cueeennnta!!!
- Bien... Bueno... Hace frío...
- Vaya, te oigo fatal. El teléfono inalámbrico que no va bien por mucho que lo cargo yo es que no entiendo qué pasa porque mira que ha estado toda la noche en su base pero, espera, que me cambio al de la cocina.
- Eh... vale. 
Y se corta, claro. Llamo otra vez. 
- Sí?
- Mamá, que soy yo, que si cuelgas cuando llamo del móvil se corta. 
- Ah pues lo siento no lo sabía, si no no habría colgado y habría 
- Vale vale; estás en la cocina?
- Sí sí.
- Me oyes mejor entonces.
- No. No sé qué pasa que éste también está estrop
- Déjalo. Hablo alto. Grito. Tú quieta. 
- Vale vale hijo, cómo te pones por nada. Pero qué taaal???
(Ahora empieza el show)
- Bueno.
- Bueno qué?
- Nada, la garganta me duele un poco. Pero nada. No he dormido bien últimamente...
- Te abrigas?? 
- Sí sí, eso no es...
- Comes bien?
- Ehhh buenoooo, las prisas, los estudios, ya sabes, no sé. Es difícil encontrar tiempo... y... supongo que podría comer mejor... pero claro, todavía no estoy súper cómodo comprando aquí...
- AY!! Mañana voy a Correos. Le mandaste la dirección a tu padre por el imeil?
- Sí, sí, si quieres te la doy otra vez, mira, apunta.
En fin, ya veis. Creo que alguna vez llegué a oir las alarmas dispararse, literalmente, en su cabeza. 
Leches, qué mal hijo soy. 


Pero en Septiembre 2007, cuando ya llevaba año y pico...:
- Mamá? Me oyes?
- Ay! Sí, qué tal?
- Bien... Bueno... Hace frío...
- Vaya, te oigo fatal. El teléfono inalámbrico que no va, es que no va yo es que no lo entiendo mira que ha estado toda la noche en su base y le digo a tu padre que compremos otro pero espera que me voy al de la cocina.
- Eh... vale. 
Y se corta, claro. Son costumbres. Cada familia tiene las suyas. Nosotros tenemos naranjas de segundo plato y teléfonos que no funcionan. Llamo otra vez.  
- Sí?
- Mamá, que soy yo, que si cuelgas cuando llamo del móvil se corta. 
- Ah pues lo siento no lo sabía, si no no habría colgado y habría 
- Vale, vale, pero estás en la cocina?
- Eh? Sí sí.
- Entonces me oyes mejor. 
- No. No sé qué pasa que éste también
- Déjalo. Hablo alto. Grito. No te muevas. 
- Vale vale hijo, cómo te pones por nada. Pero qué taaal???
(Ahora intento empezar el show)
- Bueno.
- Bueno qué?
- Nada, la garganta me duele un poco. Pero nada. No he dormido bien últimamente...
- Te abrigas?? 
- Sí sí, eso no es...
- Coméis bien?
- Ehhh buenoooo, el trabajo, las prisas, ya sabes, no sé. Es difícil encontrar tiempo... y... supongo que podría comer mejor... pero claro, todavía no estoy súper cómodo comprando aquí...
- Mira que te digo que comáis bien que es muy importante. 
- Eh? Ya, sí, pero las prisas... 
- ...
- Las prisas, mamá. El frío. Ya sabes. 
- Es que los jóvenes ya no cocináis, ni coméis, ni nada!
(Danger, danger, evadir, impacto inminente, peligro, alto, huye, sal de esta llamada, ya!!!)
- No, a ver, mamá, lo que digo es que no entiendo las etiquetas en las tiendas y
- Pues aprende finés. O sueco. O pregunta. Chico, es que hay que dároslo todo hecho. 
(Se acabaron las sutilezas)
- Ya, mamá, pero, a ver, que a veces estaría bien comer algo que conozco mejor. Algo que ya comía en España. 
- Pues compra pollo.
- Eh? Ya, claro. Pero digo que estaría bien, por ejemplo, comer chorizo, no sé, por decir, que el que venden aquí pues no mata. 
- Nada, pues bajas a Alicante cuando quieras. Que desde que te marchaste no has vuelto. Erasmus, dice. 
- Jolín mamá. 
- Oye, me vas a contar algo? Cómo va el trabajo?? Qué tal?
- Mal. 
- Por qué.
- No sé. 
- Estás enfadado?
(Lo dejo aquí, la llamada irá a peor y mejor que se quede en familia).

Por lo tanto, como decía hace media hora, las visitas a correos eran menos habituales pero seguían siendo jugosas y fáciles de hacer. Diez minutillos.

Luego nos mudamos a Pitäjänmäki y aquí la oficina nos quedaba a quince. Un paseo agradable. Una escapada perfecta con el perrillo, por ejemplo. 

Y ahora vivimos en Suecia, en mitad de la nada, y correos, lo que se dice correos, pues no hay. Ni en el campo ni en el pueblo. Lo que hacen, en cambio, es utilizar el súper como punto de entrega. Te dejan la notificación en el buzón, tú te pasas cuando quieras y en el mismo momento que compras huevos y leche les dices que me pondrá Ud. kilo y medio de paquete, con salchichón de importación a ser posible, gracias. Es práctico aunque, eso sí, está a cinco kilómetros y medio. Quince minutos, pero está vez en bici. Perfecto para mantenerse en forma. Ya os contaré en invierno.


Ahora bien, los que me leéis habitualmente - me hace sonreír la idea de que alguien me lea habitualmente pero, por lo visto, cada vez sois más - sabréis que hace unas semanas inicié una campaña de hostigamiento mediático y chantaje emocional a la antigua usanza - pero esta vez con testigos, queridos lectores - cuya meta era recibir otra cecina por parte de mis padres. Y funcionó. Aprovechando que estuvo en León, mi padre compró una pieza y mi madre la mandó para que yo me la coma. Trabajo en equipo, no me lo negaréis. 
El problema fue que en el envío había otra cosa - os dejo con la incógnita, escribiré pronto al respecto, fue un descubrimiento grandioso - y el valor total del paquete superó una cierta cifra y, bueno. Las cosas se complicaron.

Yo fui a la tienda del pueblo como de costumbre, todo lleno de ilusión y expectativas. Le dije a la chavala que venía a recoger algo y salió disparada hacia el almacén - nombre generoso para un cuarto de dos metros cuadrados con una estantería. Claro, me dije, tampoco es que tengan millones de paquetes por entregar en esta metrópolis. Además, me conocen. No de nombre pero seguro que saben que soy el guiri. Sin embargo, pasaron dos minutos y la moza daba más vueltas que una peonza borracha sin encontrar nada de nada. Insisto: una estantería, o sea, que no hay pérdida. Así que le dí el recibo. Y al leerlo, salta la torda y me dice que verdes las han segado. Green they have segated them. Que aquí no es, muchacho. Que este paquete está asegurado y hay que ir a la calle tal, en Uppsala capital. Y un abrazo. Hale, a jugar a la calle. A ver, yo no sé si eso fue lo que dijo pero entre lo que entendí y lo que me tradujo Catta, no andaré lejos. 

Salí de la tienda hundido. Era domingo - sí, las tiendas abren los domingos - y ya me había hecho a la idea de tomarme unas lonchitas de cecina de aperitivo. Me quedé con las ganas. Tuve que esperar a ayer martes para ir a la ciudad - cosa que hago quizá dos veces al mes - que está a cincuenta minutos de aquí. Casi una hora de coche. 

Y sabéis lo que os digo? Que cuanto más lejos queda la oficina de correos, mejor te sabe la cecina. Y que ayer Catta, Faro y yo nos fuimos a la cama contentos. Una cosa: lo de Faro no se lo digáis a mis padres, vale? Porque si se enteran de que le doy cecina al perro pues, igual, después de tanto chantaje y tanta murga, me mandan a paseo. Y sería una lástima: se le coge cariño, al final, a las oficinas de correos.

5 lobitos tiene la loba:

Anita Patata Frita said...

Me alegro que leer estos tochos de texto que te marcas signifique que tenéis majar español para comer... joeeeeee que pesao para dejarnos sin saber que es lo otro que contenía el paquete ¬¬

pd.- fan de tu madre 100%

Hellsinking said...

Anita: lo otro que había en el paquete es un... una... bueno, ya lo verás. Lo contaré en un texto cortito, de los míos.

Anonymous said...

Qué gran artículo te has soltado, lo he leído con una sonrisa en la boca. En fin, que si me mandas tu dirección, me comprometo (y públicamente lo estoy haciendo) a enviarte choricito del bueno y algo de jamón.

Abrazos calvos,

Rafa

Anita Patata Frita said...

Vino... XD me mata la curiosidad!

Anna said...

Tu madre si que sabe ;)