Wednesday, February 18, 2009

Una de Reverte

Que me gusta Arturo Pérez Reverte no es ningún secreto. Enfant terrible de la literatura española o no y aunque se pase cuatro pueblos a veces explicando sus puntos de vista, me gusta como escribe. Y, sinceramente, comparto bastantes de esos puntos de vista.

Descubrí a este tipo un día, de rebote, y no me acuerdo de los detalles. Sé que cayó entre mis manos un ejemplar del Semanal. Hojeándolo, caí en un texto, Pingüinos y parafina y, al poco, leí Ding dong, señores clientes. Y me enganché.
Con lo años también he leído La sombra del Águila - Mario, ¿me lo prestaste tú?, La Reina del Sur, y lo dejo en etcétera.

A lo que voy. Hace un par de días me metía en su página oficial donde cuelgan sus artículos, que se publican cada fin de semana en El Semanal desde hace más de quince años. Estaba en la oficina y no tenía tiempo - o cara dura - de leer todo lo que llevo de atrasado, así que me dejé guiar por los títulos.

Y éste me llamó la atención. No, no debería hacer "corta pega". Pero, francamente, no puedo resistirme.


PATENTE DE CORSO
Amor bajo cero

Los llamaremos Paco y Otti. Fueron amigos míos hace mucho tiempo, y no sé qué será hoy de sus vidas. Los recordé anoche, cenando con otros amigos a los que, al hilo de diversas cosas, conté su peripecia. Y mientras lo hacía, caí en la cuenta de que se trata de una de las más pintorescas historias de amor de las que tengo noticia, y que nunca la he contado por escrito. Lo mismo les apetece leerla hoy a ustedes. Ya me dirán.

Primero, situémonos. Marbella, final de los años sesenta. Otti es una guía turística finlandesa, rubia y escultural, que pastorea a un grupo de guiris. La noche antes de regresar a Helsinki, se va de marcha y en una discoteca conoce a Paco. A él también lo pueden imaginar sin esfuerzo: moreno, guapo aunque bajito y un poquillo tripón. Chico de buena familia y sin un duro, que toca la guitarra por los bares. Simpático, golfete y con una cara dura absoluta, muy española. La noche sigue como resulta fácil imaginar: apartamento de Paco, un par de canutos, mucha guitarra y una dura campaña entre sábanas arrugadas, toda la noche dale que te pego, hasta que, ya amaneciendo, ella le da un beso, se despide sonriente y se larga al aeropuerto. Fin del primer acto.

Mientras Otti vuela de regreso a su tierra, Paco se queda en la cama, pensando, y concluye que se ha enamorado como un becerro. Necesita volver a verla, pero hay un par de problemas. Por una parte, ella no tiene previsto volver a Marbella. Por la otra, él no tiene un duro. Y para rematar la cosa, no sabe de la finlandesa sino su nombre y apellido –supongamos que éste es Kaukonen–. Ni una dirección, ni un teléfono. Nada. Pero como digo, está enamorado hasta las trancas. Y tiene veintiocho años. Así que se levanta de la cama, vende su Seat 124, le pega un sablazo a un amigo –doy fe de que era su especialidad–, compra un billete de avión –sólo tiene dinero para pagar el viaje de ida– y coge el primer vuelo a Helsinki, vía Londres. Aterriza allí un viernes a las cinco de la tarde, con su guitarra y ciento quince dólares en el bolsillo. Ya es de noche y hace un frío que pela. En el mismo aeropuerto, cambia dólares por moneda local, se mete en una cabina, coge una guía telefónica y busca el apellido Kaukonen. Hay como veinte, así que lo toma con calma. Ring, ring. «Hola, buenas. Ai am Paco. ¿Otti is dere?» Cuando va por el decimosexto Kaukonen, y a punto ya de acabársele las monedas, localiza a un fulano que conoce a la pava. Es su tío paterno. Otti no tiene teléfono, le dice el otro, o no lo conozco. Tampoco vive en Helsinki, sino en Hyvinkaa, que está a cincuenta kilómetros. Y le da la dirección. Sillanpaa número 34, una casita de madera. No tiene pérdida.

Con sus últimos dólares, Paco compra una botella de vodka, coge un taxi hasta Hyvinkaa, se baja con su guitarra en el 34 de la calle Sillanpaa y llama a la puerta. Nadie. Ya son casi las diez de la noche y el frío parte las piedras. Desesperado, se sube el cuello del chaquetón y se acurruca en el portal, calentándose con el vodka. A las once y cuarto, un coche se detiene ante la casa. Es Otti, y la trae su novio Johan, en cuya casa ha pasado la tarde. Ella se baja del coche, camina unos pasos y se para en seco al ver a Paco sentado en el portal, con media botella de vodka vacía en una mano y la guitarra apoyada en la puerta. Estupefacta. Cuando al fin recobra el habla, exclama: «¡Paco!...». «¿Qué haces aquí?» Y él, temblándole los labios azules de frío, la mira a los ojos y dice: «He venido a casarme contigo». Con dos cojones.

Ahora háganse cargo de la psicología de la pava. Finlandesa, o sea. La tierra de la alegría y los hombres apasionados, risueños y con una gracia contando chistes que te partes. Y en ésas aparece allí, con su guitarra y quemando las naves, un fulano bajito, moreno y simpático que la tuvo en Marbella toda una noche dale que te pego, despierta y gritando: «Oh-yes, oh-yes, oh-yes» mientras él, sudando la gota gorda, decía: «Que sí, mujer. Te oigo, te oigo». Y claro. Pasando mucho del novio, que mira pasmado desde el coche, Otti se tira encima del visitante y se lo come a besos y lametones. Y lo mete adentro. Y los dos tardan cuatro días y varias botellas de Suomuurain y Mesimarja, además de la media de vodka que quedaba, en salir de la cama, con los vecinos asomados a la ventana para averiguar de dónde proceden esos alaridos inhumanos. Y después de muchas peripecias –Paco tocando la guitarra por los restaurantes de allí–, vienen a España, se casan y tienen dos cachorros rubios, Kristina y Alexis, con pinta de vikingos.

Pondremos aquí el colorín colorado. Lo que sigue, quince años de convivencia de Otti y Paco, no termina del todo bien. Los años pasan, cambian a la gente. Nos cambian a todos. Hoy Otti vive otra vez en Finlandia. En cuanto a Paco, hace mucho tiempo que no sé nada de él. Pero hubo un momento en que fueron mis amigos y pude compartir un poco de su historia. La más simpática historia de amor que conocí nunca.


Ahí queda eso. España-Finlandia, historias de amores...

Monday, February 16, 2009

¿Y tú de quién eres?

Es una de las típicas preguntas sobre gustos. Ya sabéis, al nivel del color preferido, playa o montaña. Pues lo mismo: ¿tú eres de perro o de gato?

Yo siempre fui más de gato. Adoro a los felinos. Me parecen los animales más elegantes de la Creación u evolución, según cada cual - que está el tema calentito. Me gustaban los perros pero de elegir, siempre decía "yo prefiero tener un gato".

Ahora bien, en los últimos meses me he ido acercando más y más a la idea de tener un perrillo. A Catta le encantan y, la verdad, un perro te aporta un algo más que a un gato le cuesta horrores exteriorizar. La ojos de un perro transmiten más que la mirada de un gato, por más que me duela reconocerlo. A menos, claro está, que estemos hablando del típico PP (Perro Patada) o PF(Perro Felpudo), coñón, estúpido e incapaz de aprender nada. Pero de esos no hablo. Yo me refiero a un perro que de verdad te transmite tristeza cuando te vas de casa, arrepentimiento cuando le pegas un buen paquete y felicidad cuando juegas con él.

Una compañera de trabajo de Cat, casada con un escocés muy majo y con dos críos pequeños adorables, tiene una springer spaniel inglésa de siete años. Una perrilla que es una buenaza. Los peques alguna vez le hacen trastadas y ni ladra, ni nada. Y por eso cuando se fueron de vacaciones a esquiar nos propusieron cuidar de ella. Una semana y un día nada más. De sábado a domingo.


Esta vez yo no he sido. Te lo juro por la sombra de Lassie.

Hemos jugado mucho con esta idea. Tener un perrillo. Pero un piso algo falto de espacio, ambos trabajando, la responsabilidad que supone, la falta de coche para cuando queremos ir a Liljendal y algún otro argumento nos han mantenido en ese estado: "pensando en". Por eso si le llego a decir que "no" a Catta a la propuesta de cuidar de una perrita una semana, le parto el alma. Y, además, qué leches, habrá que probar a ver cómo se nos da antes de dar el paso de comprar uno, ¿no?

El finde previo fuimos a casa de ellos a conocer a la familia entera, mascota incluida. La verdad, fue una mañana excelente. Viven en una zona muy tranquila y fue un placer pasar parte del día allí. Y la perra se portó muy bien, demostró tener muy buen carácter y nos cautivó. Pa que os voy a decir que no, si es que sí.

La semana siguiente, sábado, Tiina nos traía el pack entero: perrita, croquetas, bol de agua, de comida, correas y las bragas. No es coña: la perra tenía su semana mala. Putada.

El primer día, perfecto. Apenas triste de perder a su ama, se sintió a gusto con nosotros y dimos un paseo inmenso. Acabamos rendidos pero fue un día de invierno muy chulo y fue muy sano aprovecharlo con un largo paseo.
La primera noche, un calvario. No sé si fue estrés, pena o ganas de tocar los huevos, pero la muy perra daba guerra cada dos horas. Y a las seis y media tuvo que sacarla a pasear Cat para echar el pipí matutino de rigor.


A mí me gusta madrugar. ¿Y a ti?

Y los días fueron pasando. Cuando no trabajamos, fue todo casi perfecto. Ella estaba encantada de tener compañía y nosotros la mimábamos. Le compramos juguetes, chuches, recibía caricias por doquier y encima podía subirse a sofás y camas - habíamos puesto sábanas y mantas en todas partes. Y cuando trabajamos, bueno, es cierto que ella nos mostraba su estrés o aburrimiento dando bastante bronca por la noche. Pero era de esperar.

Haciendo balance:

Lo peor, sin duda, la mala manía de darte la lata toda la comida o cena con lloriqueos y algunos ladridos; la hiperactividad los días que trabajamos cuando se ponía a ladrar y morder cojines para tener nuestra atención - y mira que yo la sacaba a pasear por las mañanas y jugaba con ella un rato; la horrible costumbre de no caminar a tu lado ni por asomo sino tirar de ti como si le fuera en ello la vida - que es lo que pasa con un perro de caza no educado, que sigue el rastro sin preocuparse por nada más- ; el tener que siempre calcular quién vuelve a casa a qué hora para sacarla a pasear y no poder improvisar.


Tú si eso ponte cómoda...

Lo mejor, paradójicamente, el tener que sacarla a pasear tres veces al día, y jugar: qué bien me sienta el aire fresco o frío por la mañana y por la noche. Si estaba estresado por trabajo, me relajaba un montón caminar con ella, corretear, perseguir a los patos - sí, lo hice, lo confieso - y pasar un rato con ella. Obviamente, Cat y yo damos paseos regularmente, no te hace falta un perro para saber que relaja tomar el aire, pero en invierno, sin una buena razón, la pereza se impone.
Además, ha sido muy gratificante ver que ella nos ha tomado cariño muy rápido. Se le pasó la pena de no ver a su familia y agradeció la atención que le dimos. Es muy dulce ver cómo viene a buscarte para sentarse a tu lado y robar un par de caricias. Y bueno, he descubierto la diferencia que comentaba antes respecto a un gato. Me siguen gustando los gatos y, de hecho, me sigo planteando tener uno a medio o largo plazo. Pero realmente esta pequeña se sentaba cuando se lo decías, se quedaba quieta cuando se lo pedías, te traía de vuelta el palo para que volvieses a ponerla a prueba. No sé, requiere más esfuerzo pero también te da más a cambio.


Aquí, viendo la tele un rato

Supongo que todo depende de lo que busques. Lo que sí tengo claro es que pese a la guerra que ha dado por momentos - que, insisto, no ha sido poca - ahora que se le han llevado de nuevo os puedo garantizar que la sensación que tengo, que pensé sería alivio, es más bien pena. Tiene delito: la echo de menos.

Así que para mí está claro. A día de hoy, yo soy de Kaz.

¿Y vosotros?



Cerramos con un par de vídeos





Kaz, con una mirada desoladora, dándote
remordiemientos durante la comida.




Cat y yo tuvimos una crisis de pareja.

Sunday, February 8, 2009

Año nuevo, curro nuevo...

- "Oye tío, y ¿por qué dices que te has cambiado de trabajo?
- Bueno, desavenencias con dirección y su esquema psico-motivacional...
- ¿En serio? ¿Y eso cómo es?
- Te cuento. ¿Sabes quién es Alec Baldwin?"



Señores, son tiempos duros así que: ¡a esforzarse para pasarlos lo mejor posible!


(Y si todo se va al carajo, cosa probable, nos vamos al bosque a vivir de los frutos de la Madre Naturaleza: a comer bayas y cazar alces).