Thursday, July 3, 2008

Abrazada a mi muñeca

David, o Daví para los amigos, me la regaló hace ahora dos años. Paseábamos por los puestecicos de la Explanada matando el tiempo, charlando, cuando se paró en uno de ellos, compró dos pulseras, una marrón y una negra, y me hizo elegir cuál quería. Me quedé con la primera y él mismo me la puso, maricona, ahora ya tienes un recuerdo mío cuando estés en Helsinki. Todo un detalle que me emocionó porque tenía ese toque amargo que tienen todas las despedidas.

Desde que me iniciaron con esto de las pulseras he seguido la costumbre de nunca comprarme ninguna: espero a que me las regalen. Y nunca me las quitó: una vez atadas, se les añade unas gotas de Superglue - que es para siempre, niños, no lo olvidéis - y allí quedan, bien cerquita de mí por tiempo indefinido.

He perdido varias desde que llegue a Finlandia. O, mejor dicho, se me han perdido dos y roto otro par. Pero la que David me regaló aquella tarde de verano era la más veterana. Se las vio de todos los colores: saunas, baños en agua helada, batallas de bolas de nieve, chimeneas y barbacoas, mudanzas, yo que sé, muchas oportunidades para que se hubiese ido a tomar por saco antes. Pero no. Aguantó. Me acompaño dos años. Con todo lo que ha pasado desde julio 2006 - en ocasiones me pregunto si la gente es realmente consciente de todo lo que me ha pasado en 24 meses, lo que he cambiado, lo que he vivido, bueno y malo.

Hace algunas semanas vi que se rompería, y poca solución había: había perdido color y estaba desgastada y deshilachada en un par de sitios muy cabrones. Empezó entonces la mayor angustia pulseril: saber que la vas a perder y no saber cuándo ni dónde. Cortarla uno mismo sería casi una cobardía: si decide separarse de mí cuando este chapoteando en el Báltico para darse un último paseo, que lo haga. No seré yo quien la retenga. Pero quitármela yo para guardarla en una caja de cartón - eso sería preocupante - o para tirarla y quitarme la preocupación, pues tampoco.

Y al final, murió de vejez. Miércoles por la mañana, ocho en punto. Cat se acaba de ir a trabajar y yo me meto en la ducha. Y cuando el agua caliente empieza a corretear por mi cuerpo, plic, notó que algo ha caído a mis pies. Y allí la encuentro. Mojadita y vieja, mirándome, como diciendo lo siento, no pude aguantar más.

Está en la mesa del salón pero sólo por unas horas. Cada vez que la veo me acuerdo de David, de Alicante y de los últimos veintitanto meses. Nostalgia. Y pienso que maldita eres por abandonarme, por muy vieja que estuvieras, tras dos años enteros abrazada a mi muñeca.

3 comments:

Super Su said...
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Super Su said...

perdón por el comentario de antes... es que no sé que escribí mal y pensé que al borrarlo no dejaría huella pero sí... en fin, te preguntaba -en el post anterior-que si leoparda (pronunciado como lioparda) seguía contigo o se la habías regalado a algún niño!! :P

Anita Patata Frita said...

Tiene toda tu esencia este post.